EL QUINTO PODER

Opinión Por

Con la llegada del internet comenzó a hablarse de la existencia de un “quinto poder” que se sumaba a los cuatro ya existentes: los tres del Estado (ejecutivo, legislativo, judicial), y al de los grandes medios de comunicación. La información ya no les pertenecía a unos pocos empresarios capaces de encubrir la verdad o manipularla, según su conveniencia, sino a todos los ciudadanos; cada persona con acceso a una computadora podía ser un periodista en potencia.

A medida que la tecnología ha evolucionado y el internet se ha hecho móvil a través de diferentes dispositivos electrónicos portátiles, la evidencia del alcance de este nuevo poder emergente ha sido cada vez más notoria. Hechos como las revoluciones ocurridas entre los años 2010 a 2013 y que fueron denominadas como la “primavera árabe”, demostraron el inconmensurable poder del internet y su capacidad, incluso, de tumbar gobiernos con tan solo un mensaje de un ciudadano inconforme a través de una red social.

Colombia no es ajena a este fenómeno. Según una encuesta realizada por la firma YanHaas en mayo de este año sobre las preferencias informativas de los colombianos, se encontró que el 49% de las personas encuestadas usa frecuentemente la red social WhatsApp como el medio favorito para seguir noticias y mantenerse informado; cifra para nada depreciable teniendo en cuenta que en nuestro país hay más de 50 millones de líneas celulares y cuando menos la mitad de ellas son usadas en teléfonos inteligentes con capacidad de tener esta aplicación.  

Que casi la mitad de las personas encuestadas base su conocimiento de la realidad política y social del país por la información que recibe vía WhatsApp es algo preocupante. Hechos tales como la marcha de protesta contra las cartillas de educación sexual del Ministerio de Educación y lo ocurrido durante la campaña del Plebiscito por la Paz nos han demostrado como políticos inescrupulosos, apelando a las emociones más básicas y a la credulidad del electorado, se valen de la mentira y todo tipo de argumentos tergiversados para movilizar a la ciudadanía; con un simple mensaje de texto a través de una red social, se pueden originar verdaderas crisis de carácter nacional.

¿Cómo se puede justificar razonablemente que una Ministra de Estado, Gina Parody, haya tenido que renunciar ante la presión ciudadana porque alguien afirmó que se iba a enseñar educación sexual en los colegios a los menores con cartillas pornográficas de contenido homosexual? ¿Cómo olvidar la cadena de WhatsApp que circuló durante la campaña del Plebiscito en la que se anunciaba que se había presentado al Congreso una ley llamada “Roy Barreras” mediante la cual se entregaría el 20% de todas las mesadas de los pensionados del país a las Farc? ¿O las decenas de cadenas supuestamente provenientes de militares retirados que hablan de conspiraciones “Obama-Castro-Farc-Santos-Maduro-Chavistas” para “venezolanizar”, “homosexualizar” y volver atea a toda Colombia?

La mentira y la tergiversación de los hechos no son nuevas en la política, pero ahora se han prevalido de la tecnología para fortalecerse. El fácil acceso a la información y la gran velocidad en la que esta puede divulgarse es sin lugar a duda una conquista para la humanidad; el mundo, otrora extenso, se ha convertido en una aldea en la que todos estamos conectados. Un potencial enorme. No obstante, cuando en lugar de informar se desinforma y las personas no están preparadas para cuestionar racionalmente todo lo que ven, podemos estar ante una catástrofe potencial. En el caso colombiano, por citar un ejemplo, sin importar lo descabellado de las afirmaciones hechas, y valiéndose del miedo y la desconfianza a la guerrilla o del odio a los homosexuales, algunos actores de la política nacional lograron convertir a un grueso número de ciudadanos en una masa de idiotas útiles que, actuando en contra de toda noción de sentido común, catapultaron con sus votos a la oposición del actual gobierno y estuvieron a punto de dar cristiana sepultura a un proceso de paz del cual depende el futuro y la institucionalidad del país. Un triunfo impecable basado en la manipulación de los hechos, tal como lo reconoció el gerente de la campaña del uribismo, Juan Carlos Vélez Uribe.

La única solución a este grave problema es la educación, pues no es posible controlar la infinita cantidad de información que circula en la web. Es menester formar a las personas desde pequeñas para que aprendan a cuestionar aquello que se les presenta como cierto y a corroborar la validez de la información a la que tienen acceso en las redes sociales o en los medios de comunicación antes de tomar decisiones y/o reaccionar. Nuestro sistema educativo falló y debe ser repensado pues está enfocado en hacer memorizar cosas inútiles a los estudiantes y no en desarrollar en ellos una sana crítica y la formación de criterio. ¿Qué nos ganamos con que un menor memorice el nombre de todos los ríos del África o la totalidad de los pesos atómicos de los elementos de la tabla periódica, pero no sea capaz de cuestionar el que se le diga que más de cuarenta millones de colombianos pueden volverse comunistas, homosexuales y ateos solo porque el Presidente de la República o las Farc firmen un Decreto?

No necesitamos un país lleno de genios para progresar y salir de la polarización constante en que nos encontramos, solo se requiere de sentido común que, lamentablemente, ha demostrado ser el menos común de los sentidos.

Abogado de la Universidad Externado de Colombia. Especialista en Gestión Pública de la Universidad de los Andes.