Para construir una Colombia nueva

Opinión Por
Conversar con la gente y empaparse de sus necesidades más apremiantes es el método más seguro a la hora de definir una agenda legislativa.  En consecuencia, durante nuestra tarea parlamentaria, no hemos parado de recorrer la geografía colombiana y, gracias al trabajo conjunto con comunidades de 30 de nuestros 32 departamentos, siempre compartiendo con los más vulnerables (víctimas, afrodescendientes, indígenas, campesinos, niños, adultos mayores, etc.) hemos logrado una fructífera retroalimentación con la población. Así, hemos constatado, de primera mano, el grado escandaloso de necesidades insatisfechas y la pérdida de capacidades técnicas y de autogobierno en nuestras regiones.
 
Si queremos frenar los problemas que estancan el progreso de los departamentos, hay que buscar las causas con lente de aumento y trazar soluciones. Y brigadas de salud, audiencias públicas, visitas de control político o de promoción a la cultura en los territorios nos han reforzado en la convicción de que la crisis en nuestras regiones es en gran medida producto del olvido y del descuido del “centralismo burocrático” (del que hablara Felipe González), que tanta corrupción, violencia y pobreza genera.  
Como decía Kant, la verdadera paz no puede existir si no es en un Estado de organización federal.  El camino, entonces, debe pasar por la desconcentración del poder y de la economía.
Antes de construir, se necesitan bases, pero en Colombia hacen falta el cimiento indispensable, pues las estadísticas pecan por escasas y desactualizadas, y a veces no generan confianza.  Por ello, para la construcción de una Colombia con mayor autonomía en las regiones, el Estado tiene el deber de actualizar y ajustar las estadísticas relativas a las problemáticas sociales que más afectan al país.
 
Una vez tengamos conocimiento confiable sobre el panorama a enfrentar, el paso siguiente debe ser la realización de un mapa de las vocaciones económicas de cada región, que sirva como guía de acción para los próximos cincuenta años.   Sólo con una debida planeación y un direccionamiento oportuno de los perfiles económicos de los departamentos se podrán encauzar correctamente los esfuerzos de desarrollo local, se descentralizará la mano de obra, se jalonará la economía regional y, a la vez, la nacional (recordemos que De Gaulle decía que “Las actividades regionales son los resortes de la potencia económica del mañana”).
 
Para que los territorios progresen, se necesitan expertos. Y esto nos lleva a hablar de un tópico rara vez discutido por los legisladores, que es el déficit de jóvenes profesionales trabajando por el desarrollo de sus propias regiones.  No hemos conocido nunca planes estratégicos referentes al éxodo desde las zonas rurales hacia los centros más poblados que incluyan la migración de las juventudes que, para poder estudiar, necesitan desplazarse de sus hogares y de sus municipios o veredas, hacia las ciudades, que ya sobrepasan sus capacidades inmediatas.
En todo el territorio nacional, hay cientos de miles de jóvenes inteligentes y entusiastas, deseosos de estudiar las carreras necesarias para el progreso de sus regiones.  Sin embargo no pueden hacerlo, por la ausencia de establecimientos de educación superior en sus localidades o, porque, en caso de que estas, milagrosamente, existan, no ofrecen las carreras clave del perfil económico de su ámbito territorial. Contando con suerte,  sólo encuentran la oferta de unos pocos pregrados tradicionales, como Derecho, Ingeniería o Administración de Empresas. 
Es desolador que las multinacionales estén trayendo a Colombia a profesionales extranjeros, pues no encuentran en el país a personas entrenadas en las disciplinas relacionadas con el campo de acción de estas empresas. Y es lamentable que, en caso de que estas compañías busquen contratar a especialistas colombianos,  tenga que ser en Bogotá donde  encuentren al personal idóneo para trabajar en las diversas regiones del país. 
Esto es algo sumamente grave. Al buscar una solución para estas dificultades, hemos pensado que podríamos acudir a las ofertas de las nuevas tecnologías.  A este respecto, no solo hemos apoyado al gobierno departamental y sensibilizado al Gobierno Nacional en cuanto a la necesidad de avanzar en el desarrollo de la Universidad Digital del Departamento de Antioquia (diligentemente encabezada por un hombre de la experiencia y la capacidad de Darío Montoya), sino que hemos ido esbozando una plataforma tecnológica nacional de educación superior gratuita de alta calidad, a través de Internet. A través de ella, nuestros jóvenes de todo el país podrían estudiar programas de calidad internacional, desde sus poblaciones de origen, de manera que puedan formarse profesionalmente sin tener que desplazarse y abandonar sus regiones.
 
Para alcanzar los estándares esperados y para poder ofrecer los programas necesarios, el camino sería el de buscar contactos con importantes universidades en el Exterior, para implementar programas universitarios en línea, que contribuyan a que nuestros jóvenes llenen los perfiles profesionales necesarios para la cimentación de las vocaciones económicas que se establezcan para cada región.
 
Pero para el éxito de tales programas virtuales, es preciso superar otro de los inconvenientes actuales de Colombia, que es el hecho de que, a pesar de que no podemos negar la buena gestión del ministro Luna, las zonas rurales y los pequeños y medianos municipios se encuentran desfasados de la modernización tecnológica de la que gozan las ciudades más ricas.  Estamos entrando tímidamente a las esferas de la Internet y a las oportunidades que genera este tipo de recursos tecnológicos.  Colombia tiene que estar al día en esta materia, en pos de que los habitantes de todos los territorios aprovechen el potencial que esto representa.
 
Para que el poder y el progreso estén en todo el territorio nacional, es apremiante que los ministerios y organismos del Estado se descentralicen, que hagan presencia efectiva en todas las regiones y dejen de dar instrucciones desde Bogotá.  La crisis de nuestras regiones es tal que “Nuestro país necesita un poder descentralizado, para no deshacerse”, Como decía François Mitterrand.  La construcción de una Colombia próspera y en equidad necesita, sin duda, la autogestión y la autodeterminación del desarrollo local, de conformidad con las realidades, los retos y la proyección de cada territorio, respetando la diversidad étnica y cultural de las comunidades que lo integran. Esperamos que el próximo Congreso nos acompañe en la materialización de esta ruta.

Exsenadora del Partido Liberal. Politóloga de la Universidad de los Andes, estudió Relaciones Internacionales en la Universidad de Nueva York. Mastér en Políticas Públicas y Sociales de las Universidades Johns Hopkins y Pompeu Fabra.